Por: Redacción.
La orfandad del cambio en el Atlántico: Liderazgos que asfixian su propia militancia.
En el departamento del Atlántico, el proyecto progresista atraviesa una crisis de ejecución que no nace de la falta de ideas, sino de una profunda incapacidad de liderazgo para organizar su activo más valioso: una militancia formada y leal. A pesar de contar con una base intelectualmente sólida, el progresismo local ha sido incapaz de canalizar este potencial para desplazar a los funcionarios "gallitos" que aún ocupan espacios estratégicos en el gobierno. Esta parálisis organizativa ha dejado a la militancia en un limbo, impidiéndole transformarse en el órgano de veeduría y fiscalización necesario para blindar y optimizar las ejecutorias del gobierno de Gustavo Petro en el territorio.
La ausencia de una estructura de mando coherente ha permitido que el "continuismo" se disfrace de cambio, manteniendo intactas las lógicas burocráticas que el mandato popular ordenó remover. Sin una dirección que priorice el mérito y la formación política, la militancia se ve relegada a la periferia de las decisiones, observando cómo los espacios de poder son gestionados por figuras que no responden a la agenda de transformación social. Esta desconexión no solo debilita la gestión pública, sino que desmoraliza a una base que tiene la preparación para ser el brazo ejecutor del Gobierno Nacional, pero que carece del respaldo de sus propios líderes regionales.
Para que el progresismo en el Atlántico deje de ser una intención electoral y se convierta en una realidad administrativa, es imperativo saldar deudas logísticas e ideológicas que han sido ignoradas. La falta de una sede física que unifique a la totalidad de la militancia ha fragmentado el movimiento en archipiélagos sin comunicación, facilitando la infiltración de intereses ajenos. Sin un lugar de encuentro, el debate se diluye y la acción colectiva se atomiza, dejando el camino libre a las maquinarias tradicionales que operan con la precisión de un reloj.
Finalmente, el fortalecimiento de este proyecto depende de la creación urgente de una escuela de formación y desarrollo ideológico. Sin este cimiento, el progresismo corre el riesgo de convertirse en un pragmatismo vacío, incapaz de renovar sus cuadros o de ofrecer una narrativa sólida frente a sus detractores. Tanto la clase política tradicional como la falta de visión interna se han convertido en los verdugos de una militancia que hoy reclama herramientas para defender su futuro. El tiempo corre y, sin organización ni formación, el "Cambio" en el Atlántico seguirá siendo un eslogan bloqueado por la inoperancia de sus propios guías.