Por: Dr. Dogma.
El Dr. Dogma.
La Voracidad de Paloma: Una Gula que Desborda el Sastre y el Presupuesto
Paloma no solo es la voz del desprecio aristocrático, es la encarnación de una insaciabilidad física y política que parece no tener fondo. En ella, la gula no es un pecado capital, es una estrategia de campaña: su figura, que se expande al mismo ritmo que sus ambiciones territoriales, es el reflejo exacto de quien no sabe decir "basta" cuando tiene el plato del Estado servido. Esa robustez que exhibe con arrogancia no es más que la manifestación externa de una avaricia que lo consume todo; una voracidad que empieza por los banquetes del poder y termina por engullirse las esperanzas de equidad de los ciudadanos de a pie. Verla defender el libre mercado mientras ella misma parece haber acaparado todas las raciones de la despensa nacional es una ironía que se cuenta sola: Paloma es el "agujero negro" de la derecha colombiana, donde todo lo que entra —tierra, subsidios o influencia— desaparece para alimentar una anatomía de privilegios que ya no cabe en los estrechos pasillos del Congreso.
Su desprecio por la seguridad social es proporcional a su necesidad de acumular; para ella, que un pobre coma tres veces al día es un "desperdicio de recursos" que bien podrían invertirse en engrosar su ya abultada agenda de intereses. Esa pesadez que proyecta no es solo física, es el lastre de una casta que se niega a soltar el bocado del privilegio, una codicia tan densa que impide cualquier movimiento hacia la solidaridad. Mientras el país se aprieta el cinturón, Paloma parece estar siempre en un eterno banquete de exclusión, convencida de que su "linaje" le otorga el derecho divino de devorar el futuro de los demás sin siquiera pedir disculpas por el eructo legislativo. Al final, su imagen es el símbolo perfecto de la vieja política: pesada, insaciable, y siempre dispuesta a dar un mordisco más a la torta nacional, mientras mira con asco a quienes solo piden las migajas de la equidad.
Abelardo, el abogado que canta rancheras con la misma soltura con la que colecciona pañuelos de seda, ha decidido que la Presidencia de la República es el siguiente accesorio de lujo en su inventario. Su campaña, bautizada con el rimbombante nombre de "Defensores de la Patria", arrancó con un despliegue logístico que envidiaría cualquier multinacional: la entrega de más de 5 millones de firmas. Sin embargo, en un giro digno de un truco de magia de feria, la Registraduría hizo desaparecer más del 60% de ese "fervor popular", validando apenas 1.9 millones. Resulta fascinante —por no decir sospechoso— que un paladín de la legalidad y el orden haya inundado las arcas del Estado con rúbricas que tenían más de ficción literaria que de censo electoral; un ejercicio de inflación democrática donde la cantidad parece haber sido el maquillaje para ocultar una calidad que no superó el filtro técnico de una fotocopia.
Pero mientras el candidato se sacude el polvo del rechazo masivo de firmas, desde las sombras de La Picota ha emergido un viejo conocido para aguarle el brindis de su propio Ron. David Murcia Guzmán, el otrora monarca de las pirámides, ha interpuesto una denuncia disciplinaria que acusa a su exabogado de algo más que un simple abandono de cargo: lo señala de haberse quedado con unos honorarios que harían palidecer a cualquier mortal y de cobrar millonadas para un presunto "lobby" en el Congreso que nunca vio la luz. Es el colmo de la ironía satírica: el hombre que promete limpiar a Colombia de la corrupción termina enredado en el reclamo de un estafador que lo acusa, básicamente, de haberle aplicado su propia medicina. Entre firmas que se esfuman y clientes que lo tildan de traicionero, la candidatura de Abelardo parece estar construyéndose más sobre un castillo de naipes que sobre la roca de la "patria" que tanto jura defender.
Trump 2.0: Entre el Sueño Americano y la Pesadilla Inmobiliaria Global.
Donald Trump ha regresado a la Casa Blanca con el ímpetu de quien no solo quiere gobernar un país, sino que parece decidido a ponerle su nombre en letras doradas a todo el sistema solar. En este febrero de 2026, su agenda política se lee menos como un plan de gobierno y más como el catálogo de una inmobiliaria intergaláctica: desde sus renovados caprichos por comprar Groenlandia (como si fuera un penthouse con mala calefacción) hasta su reciente ambición de convertir a Canadá en el estado número 51, Trump ha elevado el "imperialismo transaccional" a la categoría de arte performático. Para el magnate, la diplomacia internacional no es un tablero de ajedrez, sino una mesa de póker donde él siempre tiene cinco ases y el resto del mundo solo tiene facturas por pagar. Su doctrina de "América Primero" ha evolucionado a "América Único", dejando a sus aliados europeos en un estado de pánico tan profundo que han empezado a considerar seriamente si el Búnker es la nueva tendencia arquitectónica del año.
Mientras tanto, en el frente doméstico, el espectáculo de las deportaciones masivas y la construcción de cárceles gigantes —con presupuestos que harían llorar a un faraón egipcio— se vende como la "limpieza espiritual" de la nación. En su cruzada por la "pureza nacional", ha transformado la frontera en un set de The Walking Dead, pero con guardias nacionales que usan gorras de "Make America Great Again" hechas en China. Ver a Trump manejar la geopolítica es como ver a un niño con un lanzallamas en una gasolinera: es aterrador, pero no puedes dejar de mirar para ver qué vuela por los aires primero mientras él grita que la explosión fue "la más grande y hermosa que se haya visto jamás". En 2026, el mundo ya no espera diplomacia, solo espera que el próximo berrinche presidencial no incluya códigos nucleares y que alguien le explique, de una vez por todas, que el botón rojo no es para pedir una Coca-Cola Light.
De Faraones y Maquetas: Por qué Keops levantó una Pirámide mientras Bogotá sigue dibujando un vagón
El Metro de Bogotá ha logrado la proeza técnica de hacer que las Pirámides de Guiza parezcan una remodelación de fin de semana hecha con piezas de Lego. Mientras que los antiguos egipcios levantaron monumentos colosales cargando piedras por el desierto sin más tecnología que la fuerza bruta, en la capital colombiana hemos elevado el "hueco arqueológico" a la categoría de patrimonio nacional. El proyecto es un ecosistema místico donde los cronogramas se diluyen en el tiempo como un azucarillo en el café, y donde los políticos de turno usan los planos como servilletas para limpiar el rastro de sus propias promesas incumplidas. Es fascinante observar cómo la humanidad ha logrado colonizar el espacio y editar el genoma humano, pero sigue siendo incapaz de poner un vagón sobre un riel en la Sabana sin que medie una glaciación o un cambio de era geológica.
La verdadera "ingeniería" del metro no está en el concreto, sino en la capacidad de los alcaldes para vendernos un render como si fuera una realidad física, transformando la movilidad en un acto de fe ciega digno de una secta apocalíptica. Bogotá no tiene un sistema de transporte, tiene una maqueta de alto costo que se alimenta de impuestos y de la paciencia infinita de unos ciudadanos que ya no saben si están esperando un tren o la segunda venida del Mesías. A este ritmo, para cuando se inaugure la primera línea, los vagones no rodarán sobre rieles, sino que levitarán sobre las cenizas de una civilización que se extinguió esperando a que alguien, por fin, pusiera el primer tornillo. Es la única obra en el mundo donde el "avance de obra" se mide en décadas de debates radiales y donde el único componente que realmente se mueve a alta velocidad es el presupuesto hacia el bolsillo de los contratistas.
El Heredero Eterno: Juan Manuel Galán y el Arte de Ordeñar una Estatua
Juan Manuel Galán ha logrado convertir el luto nacional en una carrera administrativa de cuatro décadas, demostrando que en Colombia no se necesita talento si se tiene un buen registro civil y una foto en blanco y negro de fondo. El "ni tan joven" Galán es un fenómeno biológico único: ha pasado por el Senado, embajadas y ahora aspira a la presidencia, todo esto sin que nadie logre recordar una sola idea suya que no sea un eco desgastado de las promesas de su padre. Su plataforma política no es un programa de gobierno, es un álbum de recortes familiares donde el mérito ha sido reemplazado por la nostalgia y donde el "Nuevo Liberalismo" se parece cada vez más a una vieja agencia de empleos para sus amigos más cercanos. Es el ejemplo perfecto del "lagarto de alcurnia": ese que no necesita pantanos porque vive en las cómodas piscinas del presupuesto público, convencido de que la democracia colombiana le debe el cargo por derecho de sucesión.
La desfachatez de su aspiración radica en esa asombrosa capacidad de presentarse como la "renovación" mientras carga con más años de burocracia encima que una oficina de registro. Galán ha vivido toda su vida a costillas de la imagen de un hombre que sí se atrevió a cambiar el país, mientras él se ha limitado a administrar el usufructo del apellido con la eficacia de un gerente de banco. Verlo en campaña es como asistir a un tributo musical que nunca termina; una imitación que ha durado tanto tiempo que el imitador ya se cree el original, aunque lo único que realmente comparta con su padre sea el orden de los apellidos y la fijación por los micrófonos. Al final, Juan Manuel es el recordatorio viviente de que en la política nacional la sangre no solo llama, sino que también factura, cobra viáticos y pide puestos, mientras el resto de los ciudadanos de a pie descubren que, para él, la "esperanza" es simplemente el nombre del archivo donde guarda su discurso de posesión desde 1989.
La Paz Total: El Bestseller de Autoayuda que se Lee con Chaleco Antibalas
La "Paz Total" ha resultado ser el eslogan más exitoso del gobierno actual, funcionando no como una política de Estado, sino como un libro de superación personal para criminales con crisis de identidad. El concepto es fascinante: consiste en sentar en una mesa a todo aquel que tenga un fusil y un negocio turbio, ofrecerle un cafecito y esperar a que, por arte de magia y vibras positivas, decidan cambiar el gramo de coca por un manual de convivencia ciudadana. Es la "paz cuántica": existe en los discursos presidenciales y en las cuentas de Twitter de los negociadores, pero desaparece apenas uno cruza el peaje de cualquier ciudad principal. En los territorios, la "Paz Total" es ese fantasma que todos mencionan en los comunicados pero que nadie ha visto, excepto, claro, los grupos armados que aprovechan el cese al fuego para expandir su portafolio de servicios con la tranquilidad de quien tiene un seguro de vida pagado por el Estado.
Mientras en los salones elegantes de Bogotá se habla de "diálogos vinculantes" y "justicia restaurativa", en las regiones la única "restauración" que se ve es la de los antiguos frentes de guerra que ahora tienen nombres más creativos pero las mismas mañas de siempre. El gobierno parece estar jugando un eterno partido de Twister diplomático, tratando de poner una mano sobre el ELN y un pie sobre las disidencias, mientras el tablero se le resbala entre las manos manchadas de retórica. Al final, la Paz Total parece más una estrategia de marketing para el Nobel que un plan de seguridad serio; una utopía hippie financiada por la paciencia de un país que ya se cansó de que le vendan espejitos de colores mientras el ruido de las balas sigue siendo la banda sonora de la ruralidad. En Colombia, la paz no es total, es "totalmente invisible", a menos que seas un cabecilla con ganas de ir a una zona de distensión a comer tres veces al día con cargo al presupuesto nacional.