lunes 16 de marzo de 2026 - Edición Nº54

Locales | 27 Feb

Barranquilla.

Barranquilla "Patas Arriba".

El Laberinto de la Inoperancia.


Por: Redacción.

La Farsa del Grand Prix y el Laberinto de la Inoperancia:

Mientras el discurso oficial se empeña en venderle a la ciudad la quimera de un Grand Prix de Fórmula Uno —una fantasía de velocidad y modernidad de dudoso beneficio público—, la realidad del barranquillero promedio es radicalmente distinta: una vida consumida en el ralentí. Barranquilla se ha convertido en un inmenso estacionamiento improvisado, un laberinto de frentes de obra abandonados y semáforos absurdos que, lejos de gestionar el tránsito, parecen diseñados para sofocar la economía local.

La aritmética del caos

El epicentro de esta crisis es el área metropolitana, donde 2,5 millones de personas intentan, día a día, desplazarse en una urbe que ha visto reducida su movilidad en un 65%. Según el TomTom Traffic Index, somos ya una de las ciudades con los tiempos de desplazamiento más ineficientes del país, superando en inoperancia a metrópolis de escala superior.

Más de 150 horas al año —seis días completos de existencia—, es el tributo que el ciudadano le paga a la improvisación. La pregunta no es solo por qué tardamos tanto, sino por qué se ha permitido que la infraestructura se convierta en una trampa.

Esqueletos de cemento y quiebra comercial.

La estrategia de la administración municipal para la ampliación de vías ha mutado en una política de desgaste. Obras con retrasos que superan los 360 días, como los frentes de la Calle 72, han dejado una estela de desolación: comerciantes en quiebra total y arterias vitales convertidas en zonas muertas. En intersecciones clave como la Calle 85 y 86 con Cra 46, el paisaje es desolador: el caos vehicular impera, pero el personal de obra brilla por su ausencia.

Es la estética de la inoperancia: calles cerradas sin aviso, señalización errática y reductores de velocidad instalados sin criterio técnico que no solo destruyen la suspensión de los vehículos, sino que terminan por anular cualquier flujo vehicular.

El contraste con el Grand Prix.

La ironía es cruel. Mientras la Alcaldía se pavonea con la posibilidad de una competición internacional, el ciudadano debe sortear los adoquines rotos de sectores como Miramar, que parecen haber sufrido un bombardeo antes que una gestión vial. ¿En qué calles planean correr la Fórmula Uno? Si es en la Barranquilla real, el vehículo más veloz será aquel que logre esquivar el próximo hueco.

La miopía del despacho.

La gestión de la movilidad ha dejado de ser técnica para volverse burocrática y desconectada. Un ejemplo sintomático es la semaforización: en la intersección de la Cra 46 con Calle 100, la programación es un monumento al absurdo: 21 segundos de luz verde frente a 79 de rojo.

Uno se pregunta: ¿quién planifica el tránsito en esta ciudad? ¿Conoce el Secretario de Movilidad la geografía urbana, o gestiona la ciudad desde un despacho ajeno a la realidad del asfalto? La falta de coordinación y la ausencia de estudios de contingencia antes de abrir 20 frentes de obra simultáneos revelan una arrogancia administrativa que castiga el bolsillo del ciudadano con el alto consumo de combustible y el desgaste mecánico bajo un sol que no perdona.

El mejor alcalde del mundo: ¿de qué mundo?

El alcalde se jacta de ser "el mejor del mundo", pero los impuestos de los barranquilleros se diluyen en contratos paralizados y contratistas que no responden. Las entidades de control (IAS) guardan un silencio tan ensordecedor como el tráfico de la Calle 72.

Barranquilla merece un desarrollo que la haga crecer a la par de su gente, no una ciudad-maqueta que se deshace cuando se le exige funcionar. El progreso no es una carrera de Fórmula Uno en un papel publicitario; el progreso es que una ciudad no se detenga porque su administración olvidó cómo hacer que las cosas funcionen.

 

 

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